Fecha de actualización: Lunes 27 de mayo de 2024
Susana es una periodista veterana, bregada en las herramientas digitales. Hasta hace poco se ponía la tecnología por montera. Pero ha sido quedarse en paro y que las plataformas de búsqueda de empleo le hagan tantos requerimientos y notificaciones que ya no puede más: “Ahora odio la tecnología”, sentencia. Pablo es un joven ingeniero cuya hiperconexión le ha llevado a depender de las pantallas a cada paso que da, profesional y personalmente, hasta el punto de que se plantea acudir a una clínica para superar su adicción.
Estas dos personas, que prefieren no dar los apellidos para preservar su anonimato, sufren en su piel los efectos del tecnoestrés: el impacto negativo de la tecnología en la salud mental, que se refleja en agotamiento, irritabilidad, falta de concentración, memoria, motivación por el trabajo e incluso de autoconfianza, y que puede llevar a los males psicológicos más extendidos de nuestro tiempo: la ansiedad y la depresión, que en España afectan a más de cuatro millones de personas y de 2,5 millones, respectivamente, tal y como recoge el Libro Blanco de Salud Mental y Emocional promovido por la Asociación Española de Directores de Recursos Humanos (AEDRH). Además de repercutir, claro está, “en el rendimiento, la motivación y la productividad de los trabajadores, pudiendo fomentar el absentismo laboral”.
De hecho, las bajas motivadas por trastornos de salud mental se incrementaron un 118% entre 2016 y 2023, según el Ministerio de Seguridad Social. Solo en el último año subieron un 13,6%. Y, aunque estas ausencias suelan estar provocadas por distintas causas, “la tecnología impacta cada vez más”, asegura Jesús Torres, presidente de la AEDRH. “Después de la pandemia, el exceso del uso tecnológico, del que no hemos sido capaces de liberarnos, nos ha llevado a una tecnodependencia que se aprecia sobre todo en la oficina, donde hoy la conectividad es las 24 horas del día”, dice.
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Última visita: 27/05/2024