Fecha de actualización: Viernes 13 de marzo de 2026
Integrar este enfoque sensorial no sustituye a la evaluación de riesgos, pero la refuerza. Las personas trabajadoras, formadas para reconocer lo que “no encaja”, pueden actuar con rapidez y evitar situaciones que deriven en daños graves.
Ver y escuchar: detectar anomalías a simple vista y oído
La vista permite identificar desviaciones en protecciones, acumulaciones de material, fugas o desgastes. El oído alerta de variaciones en el sonido de las máquinas, choques, chasquidos o vibraciones que anticipan fallos mecánicos. Ambos sentidos actúan como detectores tempranos en entornos cambiantes donde una alteración mínima puede indicar un riesgo emergente.
Oler y sentir: señales tempranas de riesgo químico, térmico o mecánico
El olfato ayuda a percibir vapores, quemados o fugas que requieren una intervención inmediata. El tacto detecta vibraciones excesivas o puntos calientes que pueden indicar sobrecarga, desajuste o fallo eléctrico. Estas sensaciones, al interpretarse correctamente, evitan que incidentes menores evolucionen hacia daños graves.
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Última visita: 13/03/2026